Eran días intensos durante mi practica de Asanas. Recuperar algunas posturas que había dejado de practicar me estaba costando mucho sudor y lágrimas. Pero yo estaba dispuesta a entregarlo todo porque quería que esa energía renovadora después de mi clase recorriera mi cuerpo y se instalara en mi mente.

Retomé mi practica de principiante, corría el año 2009 y me había caído andando en bicicleta en las sierras de Tandil,  quebrándome un hueso del antebrazo, el radio.

Sabiendo que los médicos me habían recomendado operarme, desistí. Volví a Buenos Aires y decidí que nadie iba a poner clavos en mi cuerpo salvo que no me quedara otra opción. Entonces busqué alternativas, hasta que  las encontré. El médico que me atendió me dijo que él prefería no operar (es uno de los mejores cirujanos y además es Acupunturista) ya que la fractura no había sido expuesta y que podíamos ver si el hueso calcificaba bien, pero primero había que acomodarlo. Y así lo hizo entonces.

Sentí muchísimo dolor, pasé media hora acostada en una camilla, elevaron mi brazo y ataron mi pulgar izquierdo a un tubo de esos que se usan para dar suero, luego el Dr y su equipo colocaron 10 kilos de peso en mi brazo para así lograr separar bien la mano del antebrazo, creando espacio y pudiesen colocar el hueso en su lugar. Podía quedar mal y en todo caso la salvación era la operación…o podía quedar bien y recuperaba mi mano con toda su flexibilidad natural. El Dr finalmente acomodó mi muñeca  y por último puso el yeso. Fue impresionante. Confié en todo momento, sabía que estaba haciendo lo correcto. Pasado ese momento intenso el Dr me dijo que debía estar más tiempo con el yeso puesto, más que el tiempo estimado si me hubiesen operado y que era de vital importancia que no moviese para nada el brazo. Enyesada hasta casi el hombro aprendí a bañarme con una sola mano y a soportar el peso del yeso, la verdad fue una incomodidad tremenda para todo lo que hacía. Entonces empecé a trabajar mi paciencia, y mucho. Mientras, como apoyo continuaba yendo a mi Osteópata y realizaba mis ejercicios de respiración para calmar mi mente: pranayama.

El hueso finalmente calcificó bien, entonces lo más importante pasó a ser la rehabilitación, que era la parte donde muchos colegas me dijeron que hiciese hincapié. Sino lo hacía bien, el hueso no iba a quedar igual e iba

a perder la flexibilidad de la mano, mi mayor miedo era que mi mano no fuese la misma y que no lograse apoyar bien, pero ya me había arriesgado a no operarme y seguí confiando en esa decisión.

Lo único que realicé fue mi practica de Yoga como podía, lloraba en algunas posturas porque no podía apoyarme, no podía levantarme…no podía creer como mi mano no era la misma de antes, no podía conmigo. No podía hacer casi ninguna de las posturas, estaba varios escalones atrás en mi practica y me costaba mucho moverme de ese lugar. Como era eso posible si yo antes podía hacerlo todo? Era un lugar mental erróneo, sabía que tenía que seguir practicando y por suerte nunca perdí el valor. Estuve así durante tres meses, levantándome a las 6,30hs para llegar a mi sala de Yoga y practicar a las 8am, tenía la idea firme de rehabilitarme lo mas rápido posible, siempre he sido muy consciente de mi cuerpo y nadie lo conoce mejor que yo,  conozco sus limites, aún sabiendo que la realidad de ese momento me estaba poniendo a prueba.

Mientras, continuaba dando mis clases guiadas con un asistente que me ayudaba con el alumnado, nunca pensé en dejar de dar clase. Por las tardes, después de almorzar tenía que hacer unos ejercicios para fortalecer las falanges de mi mano izquierda, pero no quise hacer ejercicios de Kinesiología (no porque no les tuviese confianza, mas bien yo quería seguir mi instinto) entonces realicé unos ejercicios que me recomendó Stefano, un Profesor de Yoga que conocí en uno de mis viajes a Costa Rica, quien iba a decir alguna vez que iba a necesitar esos ejercicios tiempo después. En fin, entre mi practica de las mañanas, mis ejercicios de respiración, mi auto-rehabilitación y paciencia, pude empezar a utilizar mi mano izquierda normalmente. No falté ni una vez a mi practica de Yoga.

El tiempo pasó, empecé a avanzar en la serie de Ashtanga y me faltaba la confianza de poder sostenerme en una de las posturas que me implicaba un mayor desafío, debía dar un salto para entrar en Bhujapidasana. Pensaba y pensaba cuando podía hacerlo, ya había pasado un mes y medio y no tenía confianza en esa postura, mi mente tenía miedo de que algo saliera mal o mas bien tenía miedo a caerme y que eso afectase mi mano.

Pasaron dos semanas más y sabiendo que la fecha marcaba el segundo mes sin el yeso, después de Adhomukha Svanasana exhale todo el aire que tenía en mis pulmones, flexioné mis rodillas, miré mas allá de donde se llama adelante y salté.

Fue un salto al vacío, no lo pensé. Suspendida en el aire volvía a lagrimear, pero esta vez era la confianza que había regresado a mí. Mis pies se cruzaron y respiraba profundo. Ya todo se calmaba dentro mío. Apliqué esta enseñanza a varios momentos de mi vida.

Y así, ese día en que pensé que no podía pasó. Como otros tantos…

Namasté.